FIN DE SEMANA DE ESCUCHA
Un fin de semana de escucha.
Es curioso, a medida que aprendemos cosas queremos compartirlas con aquellas personas a las que queremos. Queremos transmitir que todas esas cosas que nos han hecho daño, que nos dan miedo, que sabemos que nos empujan a un abismo de sufrimiento tienen quizás un porque, tienen a lo mejor una explicación y que, al ponerles encima luz por fin, podemos vislumbrar en el horizonte la posibilidad, aunque sea ínfima, de un futuro mejor, más sano, más humano, más feliz.
Y no sólo a quién queremos. Sabemos que somos una parte minúscula de un todo enorme e inabarcable y que cada pequeña gota de veneno que cae en el mar de humanidad nos envenena a todos por igual.
Por eso, a veces, cogemos todos esas pistas que la historia, la formación, la educación, la experiencia y el intercambio entre nosotros nos han ido dando y queremos que todos los demás, todas las personas que son parte de nuestro mundo, lo reciban también para que no sufran, para no sufrir.
Personas que además se pasan el día recibiendo opiniones, juicios, prejuicios, creencias, dogmas, falsedades o vivencias reales, revisión y revisionismo de su realidad pasada, presente y futura. Un constante flujo de brillo azul que a veces con voces estridentes a veces con silencios reveladores intentan a su vez convertir a cada ser humano en un seguidor, un admirador, un adepto, un discípulo o un fanático.
Entonces buscamos en cada momento que se presenta deja salir todo lo que llevamos dentro sin darnos cuenta de que, si bien el agua nos mantiene vivos, no es lo mismo beber un vaso para hidratarnos cuando el cuerpo lo necesita que aparecer de pronto bajo una cascada descontrolada y salvaje, inasimilable, que nos golpea cada hueso, músculo y centímetro de piel.
Es imposible que una persona bajo la cascada pueda sentirse abierta a nada. De hecho, lo único que queremos en esa situación es sobrevivir, los atajos cognitivos, los instintos, el miedo… se apoderan de nosotros y perdemos lo más importante de todo. La ilusión. No hay futuro. Ergo sólo hay presente y eso supone que no hay consecuencias de lo que hago hoy en el mañana porque mientras nos ahogamos en la catarata que nos golpea como si de piedras se tratase lo único urgente es el yo y el salir de ahí.
A veces, hay personas que sí, pueden reaccionar a las voces desde la orilla que gritan cómo lograr escapar. Una teoría seguro que clarísima y absolutamente ideal que nos conduciría a un puerto seguro con nuestras manos, nuestra propia fuerza, nuestra propia razón.
Pero escucharlas va a depender muchísimo de en qué lugar de la caída del agua está cada cual. Si en ese lugar la fuerza del agua es mayor o menor, si los lapsos de tiempo permiten respirar de vez en cuando, de que lleve puesto, que tan fuerte sea su cuerpo o lo cerca o lejos que esté de las voces que chillan. ´
La mayor parte de las veces, en este mundo líquido y rápido no se dan esas circunstancias, casi nunca. Las personas viven sometidas a la violencia constante de un flujo que les hiere y asusta y que parece que jamás va a parar.
Las personas de la orilla están tan ofuscadas con ayudarlas a salir que gritan y gritan y se desgañitan y no comprenden por qué la que se está ahogando no hace algo, prueba algo de lo propuesto para no morir, puesto que de seguir resistiendo solamente… el fin llegará. Al fin y al cabo ¿quién puede detener una cascada solo con las manos a parte de Naruto?
No se dan cuenta que ellas tampoco hacen nada diferente. Siguen queriendo cambiar algo con palabras cuando el cambio está en la conducta de otro. Es literalmente querer que el de enfrente coja un vaso de la mesa dando nosotros la orden mental. Es absurdo. O la Fuerza. Y hasta hoy, jedis, sólo hay en las películas.
A veces debemos entrar ahí, acercarnos, llevar con nosotros una cuerda, que nos vea simplemente, que sepa que existimos como posibilidad y entonces TENEMOS QUE CALLAR. Hay que escuchar. Hay que intentar escuchar si la persona nos dice un “¡LARGO!” o un “¡AYUDA!” y seguir escuchando para comprender como ayudar. Quizás tiene un pie atrapado, una mano herida, a lo mejor el miedo le paraliza o está llena de dudas. Pero es esa persona, y sólo esa persona, quien lo puede decir.
Escuchar.
Cuando ambos llegáis a la orilla. Respira. Deja respirar y vuelve a escuchar.
A veces no se quiere tener un debate filosófico-ético-político. No por nada. Es que quizás la persona está del agua hasta la coronilla. Es que a lo mejor necesita sentarse en la orilla y respirar y de pronto ver el mundo que le rodea. Identificar dónde está y poco a poco preguntar o simplemente buscar compañía. Mientras, nosotras, las que estamos fuera, no tenemos que dejar de luchar, de expresar y de señalar los fallos de nuestro mundo. Hay que seguir. Con más fuerza que nunca. Pero no está en nuestra mano a qué ritmo, si lo hace, el otro se nos unirá.
Eso sí, mientras luchas y gritas recuerda que escuchar siempre es necesario. Siempre. ¿Sabrías lo que sabes si no hubieras podido escuchar (leer, ver, compartir) a otras? Escuchar es siempre parte del trabajo de seguir, de avanzar, de cambiar las cosas. Escuchar es necesario para soñar en común, para alcanzar metas en equipo.
Escucha siempre. Porque a veces buscarás un artículo sesudo sin fallas en la lógica y que cuadre con tus propias ideas y en realidad no es lo que necesitas. A lo mejor tú misma llevas el peso de tu propia cascada y no te das cuenta. Quizás a veces puede ser una sala de una formación pero también una persona a la que quieres sin medida que te dice que por favor mires una serie u otra persona a la que quieres sin medida que te expresa con metáforas la dureza de su propio contexto vital o incluso puede ser un clarísimo “necesito ayuda”. Hay mil frases que nos rodean y no todas las que son ladrillos para construir un mundo mejor tienen la misma forma. Pero todos valen para avanzar. Para aprender, para crecer y para TRANSFORMAR, el mundo, a todos y a mí.